El mundo se impacta con las brutales imágenes de muerte y desesperación. Las calles del país asiático se llenan de monjes y soldados, unos con sus ruegos y los otros con sus armas. Las protestas en contra del régimen militar han gatillado un trágico escenario de incertidumbre. Pero pocos saben que tras la crisis yace una cultura llena de poesía oriental, un mundo de fe y sueños.
Myanmar es un lugar transportador, lleno de elementos asombrosos. Quien lo visite se encontrará con verdes campos y deslumbrantes templos de cientos de años. El país que cuenta con millones de habitantes no es muy grande en extensión, pero aún así atesora monumentos únicos en el mundo, un lugar con templos hechos completamente con madera de Teca y que han sido habitados por monjes durante cientos de años. En Yangón – antigua capital- una asombrosa estupa dorada atraviesa las nubes reflejando la luz en sus decenas de diamantes. A su alrededor pequeños monjes, madres y hombres dedicados al comercio se sientan en posición de loto, postrados en respetuosa meditación. Para los budistas, el monumento creado debe ser visitado al menos una vez en la vida, pues se dice que en su base se guardan cabellos del mismo Buda.
En las áreas rurales de Myanmar los niños persiguen las carretas de los turistas pidiendo lápices o jabones. Las personas son muy amistosas con los extranjeros, los occidentales les parecen divertidos y los atienden con la mayor devoción. Así en el puente de Teca más largo del mundo, decenas de niños esperan la bajada de algún turista para acompañarlo sonrientes por todo lo largo del puente. Son niños de rostros luminosos y facciones bellas, se preocupan de encantar con narraciones mágicas de sus vidas, algunos hablan de cómo son criados en los monasterios budistas mientras sus padres trabajan en la pesca o en la cosecha. Más adelante, las mujeres saltan apresuradas ofreciendo improvisadas jaulas llenas de aves, no para que sean llevadas, sino para ser liberadas. Se dice que en la acción de liberar un ave, se está liberando uno mismo de la ignorancia.
Mandalay es uno de los destinos más visitados en Myanmar. Sus calles son polvorientas, ruidosas y sus habitantes extremadamente pobres. En ella vive una mujer que trabaja en una prestigiosa agencia de viajes, y se encarga de recoger turistas del aeropuerto y dejarlos en los lujosos hoteles. Un par de horas junto a ella delatan la preocupante situación social del país. Las preguntas sobre el régimen que desde años gobierna su país son respondidas con un profundo temor. A cada segundo su vista surca los rincones con profunda aprensión, y antes de decir cualquier cosa, ruega que no se mencione su nombre verdadero. Los dólares los cambia ella, el dólar allá es muy valioso y el extranjero es duramente castigado con el cambio oficial. Los hoteles son buenos lugares de trabajo para la gente. Muchos de ellos se ubican imponentes entre los barrios empobrecidos, exhibiendo idílicos jardines, comedores con cielos inalcanzables y una exquisita artesanía. No es raro que para el momento de la cena, haya cuatro birmanos rodeando expectantes a un solo turista, esperando ansiosos para retirarle la servilleta o acomodarle la silla. Es un buen trabajo en un sistema que no ofrece oportunidades.
La dureza de la situación social, se esconde bajo la maravilla de su cultura. En Mandalay, se ubica una obra preciosa, formada por las esforzadas manos de cientos de birmanos. Se trata de una estatua de bronce de más de seis toneladas llamada Mahamuni. Se encuentra cómo si se tratase de una fábula fantasiosa, al final de un ruidoso pasillo, flanqueado por cientos de pequeños feriantes, reposando en majestuosa meditación. Fue traída en 1784 por el rey Bodawpay como un tributo de guerra, y se dice que su rostro es tan similar al del Buda verdadero, que fue él mismo quien la bendeciría, en vez de un monje como es la tradición. Durante años los habitantes de todas partes del país viajaron comprando laminillas de oro y pegándolas sobre su cuerpo. Por décadas, soldados, campesinos y comerciantes vistieron a este Buda con toneladas de oro puro, transformándolo en una maravilla deslumbrante que se ha mantenido escondida para la mayoría del mundo. A las mujeres se les veta el derecho a acercarse demasiado, y es que en Myanmar prevalece una cultura machista, alcanzada vagamente por los ideales de igualdad de género que hace tiempo influyen a occidente.
Bagán es el paraíso de los mil templos, ubicado a 145 kilómetros al sudoeste de Mandalay, guarda una frondosa selva que se extiende como un profundo océano de magníficos verdes. De allí emergen cientos de templos y estupas. Un paisaje que evoca lágrimas, las mismas que ahora son derramadas en espera de una pronta solución a la confrontación que azota al país y conmociona las pantallas del mundo.
Considerando la situación actual del país. Con toda la conmoción social que le aflige, no sería adecuado planear un viaje de placer en este momento. Pero apenas se calmen las inquietantes aguas del descontento, este país volverá a ser un destino con el cual todo mochilero aventurero debe soñar. El mayor costo radica en la compra de un pasaje que te lleve hasta la zona del sureste de Asía. Uno de los mejores lugares desde donde ingresar a Myanmar es desde el reino de Tailandia.
muy bonito lugar
muy bonito lugar muy visitado por muchas personas son muy amistosos